Sabemos que invariablemente somos producto de el entorno, de las decisiones y de los actos que realizamos, pero alguna vez nos hemos puesto a pensar cual es el sentimiento que rige nuestra vida y le va dando forma? Pienso que hace millones de años en el primer ser al que podemos llamar humano o tal vez hombre, en aquel que tuvo conciencia de sí mismo, el primer sentimiento que afloró en el fue el temor. Aquellos hombres vivían bajo el constante temor, el temor a el rayo que rompía en firmamento con estruendos escalofriantes, el temor de ver aquella bola incandescente en el firmamento esconderse cada atardecer y no saber si al día siguiente se presentaría de nuevo, o de la noche oscura que traía las fieras a la entrada de su hogar y no poder adivinar si esta noche sería en la que por fin decidirían entrar.Han pasado millones de años de aquellos días y sin embargo nosotros no estamos tan alejados de ser como aquellos primeros hombres, vivimos a la sombra del temor con cada paso que damos desde el momento de nacer hasta dar el último suspiro. Desde niños aprendemos a temer a las consecuencias de nuestras travesuras,a temer a la nalgada o a la cama sin cenar, al coco que se esconde en nuestro clóset y las criaturas que viven debajo de nuestra cama y esperan la llegada de la noche para devorarnos, nos inculcan el temor para lograr un comportamiento deseado.
Dejamos la niñez y nos hacemos más adultos, más responsables, más viejos, pero más valientes?, quizá no, pues cada día que pasa y mientras más experiencia tenemos y más logros en nuestra vida, viivimos con el temor de perder lo que hemos alcanzado, tememos a diario cometer una tontería que nos haga perder nuestro trabajo, perder a nuestros seres queridos, tememos a fracasar, porque cuanto más se tiene más temor hay de perderlo.
Si tenemos A y B, tomamos B por el temor de lo que pueda pasar si hubiéramos tomado A, y mientras caminamos por A tenemos miedo de haber escogido el camino incorrecto.Somos valientes por temor a ser cobardes, nos aventamos del bungee, en paracaídas, escalamos las montaña más alta y pensamos que es valor, pero solo es miedo a morir sin haber hecho nada extraordinario.
Vivo con el miedo eterno, como animal agazapado entre los matorrales, esperando escapar de los ojos y el olfato del depredador, y son esos pequeños momentos en los cuales el miedo nos deja en paz, los cuales aprovechamos para crecer como personas, para aventarnos y hacer las cosas que jamás pensamos hacer, para tomar desprevenido al depredador y convertirlo en presa y obtener esos logros y metas que tanto hemos deseado, porque l fin y al cabo cada camino que tomemos cada sendero por el que caminamos estará cercado por las trancas del temor y más allá de esas trancas a lo lejos, casi inalcanzables se encuentran nuestras metas, esas trancas que muy pocos se atreven a brincar y yo me permitiré tomas aquella frase que en su lecho de muerte dijera el Gran Cruz Treviño Martínez de la Garza
"Ni tan altas als trancas, ni tan grande el brinco, méndigo brinquito"
Quieres brincar conmigo?
Anvil Higgins un poco más en serio...







