jueves, 9 de septiembre de 2010

Es Mujer

Por:  Jesús Cepeda

Llevaba meses postrado, enfermo, aborreciendo el lecho que tantas veces añoré, lecho que era tan diferente ahora, tan irónico el pensar que un hombre al que tanto le gustaba descansar y que nunca se perdía la siesta de las cinco de la tarde, que ansiaba cada día llegar a su cama y entregarse a las mieles de la pereza, pidiera a gritos poder levantarse y salir a la calle y trabajar o caminar o correr, hacer lo que fuera hasta perder el aliento, aliento que me costaba tanto obtener ahí tirado - ¡Maldito cáncer! - me repetí tantas veces durante mi agonía - ¡Maldito seas! - si yo siempre fui una persona muy sana, nunca fumé, bebí solo lo que los médicos recomendaban, trabajé mucho, hice ejercicio, nunca comí porquerías, en fin una vida sana podría decirse, además
- ¡No estoy tan viejo! -

Es horrible vivir horas extras, - cinco meses máximo - me dijo el Doctor la última vez que lo visité - cinco meses máximo - llevaba convaleciente seis meses y dieciséis días, así que cada noche al cerrar los ojos me preguntaba, si vería el siguiente amanecer, y cada amanecer me preguntaba si sería este el último día de mi vida.

Pasaban las tres de la mañana, no por mucho, solo unos cuantos minutos, la oscuridad ahogaba mi habitación, la atmósfera cada vez se tornaba más densa y repentinamente me invadió un sentimiento, esa extraña sensación que sabes perfectamente  jamás has tenido, que no se puede comparar con ningún otro sentir anterior, un sentimiento de muerte, la extraña e inquietante certeza de que ha llegado la hora de tu final, y tuve pánico, un pánico inmenso, apreté mi quijada y tensé mis extremidades, como si con eso fuera a impedir que mi alma abandonara el cuerpo, lógico es pensar que tal esfuerzo constante solamente conseguiría mermar mis ya de por sí agotadas fuerzas, y tenía razón, no sé cuánto tiempo pude mantenerme así, lentamente el cansancio fue apoderándose de mi hasta entrar en un estado de total relajación, paz y por qué no decirlo, aceptación.
¿Dolerá? - me pregunté - ¿Cómo será esto de morir?  Cerrar los ojos y ¿Después? ¿La vida eterna? ¿La nada?

Entonces la vi…

Justo enfrente de mí, su silueta comenzó a desvelarse, pasando de un simple bulto borroso a una forma humana perfectamente definida, tez blanca o quizá grisácea, no podría asegurarlo al ciento por cien, estaba oscuro, pero definitivamente no era como me habían hecho pensar toda mi vida, no había una gran capucha negra ni una guadaña apoyada sobre su hombro, mucho menos el rostro esquelético y las manos de falanges expuestas, era simplemente blanca, hermosa, nada más, blanca en su totalidad, escueta, triste, delgada, y muy serena, pero no había duda en mí, era ella.
Nunca he estado de acuerdo en asignarle un género, ¿cómo poder decir si es hombre o mujer? si nadie puede regresar para despejarnos la duda, pero apegándome a lo establecido le diré "ella" a fin de facilitar mi relato.
Me miraba fijamente con compasión, como si supiera la cantidad de dolor y la agonía que había estado sufriendo por tantos meses, como si quisiera decirme que ya todo iba a pasar, que pronto iba a ser liberado.
Se inclinó sobre mi lentamente, inspeccionándome, acercando su rostro al mío, olfateando, tal vez para sentir la última gota de vida que aún se encontraba en mí, era tal mi debilidad, que no podía gobernar mi cuerpo, no hice nada por evitarla, simplemente me limité a observar, a observar a quien me observaba durante ese instante, esos segundos que parecen años, posó su mirada sobre la mía y en un momento, no sé cómo explicarlo, la manera mejor que encuentro para   describirlo es; como si de repente yo pudiera ver por medio de sus  ojos, ¡exacto! por momentos me vi a través de ella, me vi postrado en la cama, ¡Oh dios mío! ¡Qué terriblemente se había deformado mi rostro por tanto suplicio!, ¡Cómo se había apagado mi mirada antes tan llena de vida! aún sabiendo que era yo, me costaba trabajo reconocerme y desde ahí observé mi vida, en veloces destellos, desde que vi la luz, recorrí cada momento vivido, cada logro, cada fracaso, cada decepción y en un instante de lucidez pensé
- Por Dios pero si no soy tan viejo aún -
Regresé a ser yo, y ella, frente a mí, despacio, lentamente, de una manera absolutamente macabra, estiró su mano hacia mí con sus dedos extendidos, y con una voz que juro por todos los dioses y lo más sagrado que jamás olvidaré, me dijo
- Ven conmigo -
Cuánto terror pude haber sentido en ese instante, quizá usted que lee esto, rectifico, estoy seguro que no puede imaginar la cantidad de terror que llegué a albergar en mi alma, ni la infinita desesperación y angustia de saberme perdido, que acumulándose desde lo más profundo de mi ser poco a poco y como un torrente imparable buscando una salida, se materializó a través de mi garganta en un seco y rotundo
- ¡No! -
Sus ojos se abrieron llenos de sorpresa y no era para menos, nunca nadie, a lo largo de las centurias, de los milenios, jamás un mortal había sido capaz de pronunciar tal palabra ante su presencia, su mirada perturbada se retorcía en una mueca de indescriptible asombro y con ese asombro claramente marcado en su rostro, simplemente desapareció.

Hoy hace 1296 años que la conocí por primera vez, que vivo vagando por el mundo, solo,  tengo que ir por la vida escondiéndome, cambiando de nombre y residencia, he visto morir a todos mis seres queridos y me he negado a volver a sentir amor o lealtad, amistad o rencor, ilusión o esperanza, he apartado de mi cualquier sentimiento posible, para poder soportar esta larga y eterna agonía, ya ni siquiera puedo considerarme humano, tal vez el último vestigio que queda en mí que me recuerda que aún lo soy, es ese sentimiento que no he podido ni he querido arrancar de mi alma, el bendito arrepentimiento.

He viajado por el mundo, he visto y conocido tantas cosas que un hombre normal no podría hacer a lo largo de una vida, pero ya estoy cansado, de no ser nadie, de mirarme al espejo y repetir ¡Ho Dios pero que vieja esta mi alma ahora! Y con la determinación de alguien que lleva acumulando siglos de hastío la he buscado, de mil maneras, no se imagina usted la cantidad de locuras que he hecho para llegar a ella, para traerla de nuevo a mi lecho, y sí, en muchas ocasiones nos hemos encontrado, pero siempre me mira con desdén se acerca a mi lentamente, me toma del hombro y con esa voz inolvidable me susurra al oído:
- Dijiste no –

Yo seguiré aquí no se por cuánto tiempo, no sé cuánto más he de esperar, quizá el mundo algún día termine y la humanidad desaparezca de la faz de la tierra, y entonces se apiade de mi, quizá tenga que esperar toda la eternidad, pero ahora al menos de algo puedo estar completamente seguro, es mujer, y ¿qué mujer perdonaría tal desaire?

Fin.